En aquella
lujosa mansión, cuyos ventanales eran tan altos como los pinos que custodiaban
el glamoroso jardín, y las lámparas de techo con forma de araña parecían
sacadas del palacete de algún duque medieval,
se encontraba el famoso pianista tocando sus más bellas melodías que
tenían atónita a la muchedumbre que disfrutaba de tan inigualable recital.
Cuando hubo
terminado, una guapa y distinguida dama, acompañada por el oro de sus collares
y brazaletes y un vestido largo entallado que ponía de manifiesto su figura, se
acercó al maestro pianista para decirle, copa en mano, lo mucho que le había gustado
el concierto y como le gustaría poder tocar el piano con similar habilidad, tanto
así que estaría dispuesta a hacer lo que fuera para lograrlo.
El artista
pensativo, la miró de arriba abajo y sonriendo le contestó “No, no haría lo que
fuera para tocar como yo”. La mujer, al verse retratada delante de tanta gente
de tan alta alcurnia, replicó ofendida “Si, he dicho que haría lo que fuera
para tocar así”.
El pianista,
analizando lo absurdo de la conversación, terminó “En este momento le
encantaría tocar como yo, pero no creo que esté dispuesta a practicar 12 horas
diarias por los siguientes 30 años, para lograrlo”.